Apuntes sublunares
Somos la huella en la arena y no al revés.
lunes 1 de agosto de 2011
sábado 23 de julio de 2011
viernes 22 de julio de 2011
jueves 21 de julio de 2011
miércoles 20 de julio de 2011
lunes 18 de julio de 2011
jueves 23 de junio de 2011
miércoles 22 de junio de 2011
Anotaciones marginales: Sentido y mundo sublunar
Después de todo, el sentido no es lo único que existe y una idea de su relativa importancia para el curso de las cosas puede darlo el tomar conciencia de que lleva mucho menos tiempo produciéndose en la tierra que el tiempo que en ella vivieron, por ejemplo, los dinosaurios. El tema es que para nosotros lo simbólico no es un ornamento, ni un firulete, sino aquello que nos humaniza, es decir; el rasgo antropológico diferencial que como especie nos rige. Esta humanización desde el Otro, nos nombra y nos determina, nos da cosas maravillosas e inquietantes que sólo lo simbólico favorece, pero también nos acota y restringe vedándonos, para siempre, el acceso a lo real aunque al revés esto pueda no ser necesariamente tan cierto. En este sentido, recuerdo una frase de Antonio Gala que puede graficarlo:
miércoles 1 de junio de 2011
domingo 29 de mayo de 2011
sábado 28 de mayo de 2011
La sombra la pone un ciprés.
El verano, en cambio, es anónimo.
Mi padre es el de la derecha,
y el de la izquierda;
el que hace del aire un instante
que evoca su niñez
y a los frutales que perfuman
su recuerdo.
Mi madre, la que ubica
su callada imagen frente a la cámara.
Lo de su dignidad
es evidente, incluso, para la luz.
La sonrisa de mi hermana
es italiana.
La de mi abuela,
se la llevó mi abuelo.
Pegadito a su recuerdo
está mi hermano,
y su premura por abrir otros caminos…
Lo que se alcanza a ver de fondo,
fundiéndose con la tarde,
es el reverso del porvenir.
Yo aporto la infancia
y unas zapatillas de colores que
-recuerdo-
me ataban a la vergüenza.
Mi tío Adelmo es quien,
con algún esfuerzo,
me demora un segundo en sus brazos;
los mismos que aún me abrazan
toda vez que algún verde
se hace plaza en mi alma.
domingo 22 de mayo de 2011
sábado 21 de mayo de 2011
La disolución de los semblantes
6:17 A.M
“Hay mañanas que admiten, por así decir, pequeñas digresiones. Se distinguen de las otras porque en el aire forman hendiduras que entreabren al peatón la posibilidad de la hondura y de lo plural. Una epojé que del día conserva para sí cierto discurrir de lo infrecuente y la mirada de alguien, que hasta ese momento no existía. Un universo, posiblemente verde, inhabitado, donde todo está por verse. Nuevísimo, tanto que el silencio todavía no se adhirió a las cosas, pues es la costumbre la que aún no ha comenzado. Y si uno osa (yo nunca lo hago) se va de excursión hasta la noche de otros días, y al regresar, luego, a recoger todo aquello de nosotros que hemos olvidado, descubrimos que, en verdad, no hemos viajado; que la quietud aún más quieta se ha quedado; que no estuvimos allí, ni en ningún lado”.
I
Aguardaba sentado en la estación Paral-lel al metro y a las muchas otras cosas que normalmente aguardo al comenzar el día. De un lado, una señora sentada; del otro, un papel doblado en dos que juzgué resultado de algún reciente olvido. Lo cogí sin más. Una chica de azul, y su adolescencia, fueron testigos de la pequeña escena, pero, inmediatamente (supongo que por las urgencias mismas de nuestras propias determinaciones), ambos nos restamos importancia. Después busqué, sin éxito, al ratoncito que en ocasiones suele dejarse ver por las vías oscuras haciendo no sé qué cosas entre tren y tren y, cuando llegó el mío, simplemente subí. Durante el viaje avancé también sobre el contenido del papel. Este fragmento de azar que el relato puso ahora en mis manos –pienso- no pudo sino haber nacido de la infortunada relación entre un anhelo y un impedimento; algo así como el melancólico señalamiento de un posible desvío en el curso habitual de las cosas, pero que no acabará nunca por suceder. Al fin y al cabo una nueva evocación de lo perdido. Pero me doy cuenta que es muy temprano, que estoy medio dormido aún y que las ideas en mí cabeza no tienen mayor desarrollo, que tan solo son ensoñaciones heredadas de una noche que aún resiste, oscura, en algún lugar del día.
Regreso al texto nuevamente e, inmediatamente después, inicio un recorrido visual de todos los rostros de quienes están conmigo en el vagón, con el vano propósito de encontrarle uno al escrito; pero todos los rostros son uno y ninguno a la vez y al cabo de unos segundos me doy por vencido. Últimamente noto que me doy por vencido muy seguido. A todo esto: ¿qué diablos querrá decir “epojé”?
II
En “Objetos Perdidos” me dicen, con una lógica inapelable, que lo perdido en este caso parece ser un escritor y que, en consecuencia, lamentan no poder ayudarme.
-Quizá el autor fingió un olvido para que alguien interesado en la historia inicie su búsqueda- digo sin mucha convicción.
-Quizá- repite compasivamente la empleada. Y ahora el respeto adquiere en ella la forma del silencio.
Soy consciente de que hay algo desmedido en mi accionar, mientras camino nuevamente en dirección a mí mismo y mientras, del fondo del pasillo me llega una melodía de acordeón, que simula una felicidad que no tiene. En según qué circunstancias, pienso, las primeras víctimas son los semblantes: se nos van. No sé por qué esa idea me vuelve. Ahora estoy en la línea roja, cap a la meva feina y noto que el mundo se ha reorganizado en su variante habitual. En Mercat Nou * la luz se abre paso a la oscuridad del tiempo fragmentado que separa las morosas estaciones y es una prueba cabal de que el día existe. Y de que yo me he despertado.
* Nota: En la estación de Mercat Nou, en Barcelona, el metro sube a la superficie.
martes 4 de enero de 2011
jueves 30 de diciembre de 2010
Luego me distraigo en la tristeza de un patio soleado,
o algo así (1)
y cuando quiero darme cuenta
ya estoy viajando.
Alzo la vista
y todos callan con todos.
Y yo no sueño.
Me estoy yendo.
Triste.
Adiós.
miércoles 22 de julio de 2009
domingo 24 de febrero de 2008
jueves 8 de noviembre de 2007
sábado 3 de noviembre de 2007
Hundo mis manos lentamente
en la arena
y doy con un recuerdo.
Apenas un fragmento de
otro mar a partir del cual
puedo entender este que ahora veo.
Me doy cuenta que sigo llamando mar
a lo mismo que antes,
que le otorgo a eso que resulta
de nuestro encuentro,
similares extensiones
idénticos límites,
en definitiva,
que sobre este particular
no he cambiado,
que no tengo una
nueva historia del mar,
que sólo ha pasado el tiempo,
como ocurre en las cajitas de música,
cuando suena la repetición.